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DImagen

Esa maravilla que se puede observar en la manzana que delimitan las calles habaneras de San José, San Rafael, Prado y Consulado se debe al interés de la sociedad para naturales o descendientes de España más importante y representativa que existía en la isla a inicios del siglo pasado, la sociedad gallega. Gallegos eran el 38 por ciento de los españole
s que había en Cuba y su sociedad buscaba mudarse de su antiguo centro construyendo uno nuevo.

Pero antes estuvo en este lugar el Teatro Tacón.
Don Miguel Tacón había asumido la Capitanía General del territorio en 1834; y concibió la idea de construir un teatro para neutralizar ciertos males visibles en la villa y lograr con algunas obras públicas desviar la atención de los criollos de la política represiva que aplicaba; y de paso, obtener una apreciable fortuna y no pocos títulos de nobleza. El 15 de abril de 1838 se inaugura formalmente el Teatro con una Compañía Dramática Española, llamándole finalmente Tacón por su promotor… que por ironías del destino, el mismo día de la inauguración, le llegó a Tacón la Real Orden de su sustitución por Joaquín de Ezpeleta ¡!

Tras muchos éxitos y no menos vicisitudes, ya próximo al siglo XX, una firma norteamericana se hizo dueña del inmueble por 300,000 pesos. Con el advenimiento de “la república”, se decidió llamar al coliseo Gran Teatro Nacional, y a fines de 1904 se supo el interés del Centro Gallego de La Habana en su adquisición. Las gestiones demoraron varios años, con opiniones a favor de que fuera adquirido por el estado cubano. Tomás Estrada Palma, en su condición de Presidente de la República, primero dijo una cosa y después otra, pero el 6 de enero de 1906 el Centro Gallego adquirió el terreno con todos los inmuebles a un costo de 525,000 pesos.

La obra se le encomendó al arquitecto belga Paul Belau, el mismo que tiempo después se encargaría de también regalarle a La Habana el edificio del Palacio Presidencial ( hoy Museo de la Revolución..) La primera piedra de la construcción del nuevo Centro Gallego de La Habana se puso el 8 de diciembre de 1907, que por cierto, fue un bloque de granito traído para la ocasión directamente desde la localidad de Parga en Galicia, España… suponemos que todavía esté ahí.
Finalmente se inaugura el 22 de abril de 1915. Los estudiosos le señalan un predominante eclecticismo, en el que es posible distinguir un tanto sus componentes neobarrocos, del renacimiento francés, neoclásicos y hasta del lejano rococó español. Quizás sea más práctico valorar su estilo a partir de la imagen armoniosa y monumental que ofrece reuniendo lo mejor del acervo cultural y arquitectónico que ha existido a lo largo de la historia.

La sala escénica que se llamó a partir de ese momento Teatro Nacional, fue el epicentro de las excelentes temporadas de teatro y ópera que degustó la sociedad habanera durante los años 20 del pasado siglo. Por allí pasaron importantes figuras de la escena mundial, muchos de los mejores sopranos , barítonos y contraltos del orbe vinieron a la Habana a ofrecer su arte. Se presentaron ante el ya conocedor público habanero entre otros Guido Ciccolini, Lucrecia Bori, Beniamino Gigli y Enrico Caruso.
Es de conocimiento de todos, o casi todos, que la última actuación de gran Caruso en la capital cubana tuvo un final inesperado que dio origen a más de una divertida anécdota: un petardo en el baño del Teatro Nacional, que, aunque provocó más ruido que estropicios, creó tal pánico que, según la imaginería popular, el Divo de los Divos, aterrorizado, vestido del Radamés de la Aída, corrió por el Prado a todo lo que daban sus piernas, siendo conducido por un policía hasta una estación, donde la estrella debió sudar la gota gorda para ser reconocido.
Además pasaron por su escenario Andrés Segovia , Sara Bernhardt, Eleonora Duse, Serguei Rachmaninov, Arturo Rubinstein, la bailarina rusa Anna Pavlova ( a quien Lecuona le dedicó el Vals de la mariposa ) , y ya después Josephine Baker, Carmen Amaya, Antonio Gades, la no menos primerísima Alicia Alonso y toda una constelación de estrellas internacionales en sus respectivas ramas artísticas.
Además de los suntuosos contratos económicos – Caruso cobró 10 mil dólares por función, cifra descomunal para la época – los artistas visitantes venían también atraídos propiamente por las características del teatro. Se decía que su acústica solo era superada por la de La Scalla de Milán y por la del teatro de la Ópera de Viena.
Y sepa si no lo conocía, que fue en el Tacón que se creó y probó por primera vez el funcionamiento del teléfono. Esto ocurrió en 1849, noticia que fue opacada por la celebridad que cobró el norteamericano Graham Bell, al que muchos le tienen todavía como el verdadero inventor… pero esto es otra historia…

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