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…nuestra limousine colonial..

En 1880, se publica un interesante, y curiosos folleto, «El Quitrín, costumbres cubanas y escenas de otros tiempos», de Idelfonso Estrada y Zenea , en el que nos hace la historia del quitrín cubano, de ese carruaje, que aunque de forma algo parecida a la calesa gaditana, no es probable tenga con ella conexión o lazo alguno que lleven a afirmar que aquel fue copia de ésta. El quitrín, fue en otros tiempos, la representación genuina del carácter, de la índole, de las aspiraciones, de las necesidades y de los goces cubanos.

En otros tiempos, en que sólo se conocían los caminos reales, intransitables, en época de lluvias, el quitrín permitía recorrer de igual manera el bueno y el mal camino, atravesar las sabanas, subir las lomas y pasar por entre baches sin quedar estancado en ellos y casi sin sentir las incomodidades del viaje. Era el carruaje insustituible e ideal para nuestros campos.
Con sus ruedas, enormes, para darle mayor impulso e impedir se pudiese volcar; sus largas, fuertes y flexibles barras de majagua; la caja montada sobre sopandas de cuero, (que son cada una de las correas empleadas para suspender la caja de los coches antiguos), y le daban a aquélla un movimiento lateral, suave y cómodo.

Su fuelle, de baquetón, para contrarrestar en algo los ardores de nuestro sol; sus estribos, de resorte o de cuero, de manera que no opusiesen resistencia a los árboles y piedras del camino; y todo el carruaje tirado por un caballo criollo, o dos o tres, en cuyo caso, el de dentro de las barras debía ser de trote y los otros dos, de paso, llamándose el de la izquierda “de pluma”, por servir sólo para ayudar el tiro, y el de la derecha “de monta”, sobre el que iba el calesero. El trío, no se usaba sino en el campo, bastando en la ciudad con uno o dos caballos, pero siempre el calesero debía ir montado independiente en su caballo.

La volanta, era el quitrín de alquiler, mucho más reducido y de construcción menos acabada y artística. En los quitrines de lujo o de paseo, el forro del tapacete, cojines y fuelle era de gro de seda blanco, perla, azul o rojo. El gro es una tela de seda semejante al glasé, pero más gruesa.

Los faroles, estaban situados, ya delante, ya a los costados. En el interior se colocaban elegantes agarraderas con borlas o argollas de marfil, y también ricas carteras de cuero. Cuando iban tres personas se añadía una banquetita con pie de hierro, que descansaba sobre el pesebrón, cubierto con alfombras de vivos colores.

Los arreos, de cuero negro, se distinguían según la riqueza de sus adornos de plata, distribuidos abundante y artísticamente en sillas, estribos, cabezadas, correas, y que constituían el orgullo del calesero. Las barras se suspendían por sus argollas del albardón o la silla, según tirasen dos caballos o uno.

Por necesidad o por moda, circulaban tal cantidad de ellos en La Habana, que muchas familias de la oligarquía criolla comenzaron a abandonar sus palacetes y se trasladaron a zonas en las afueras de la ciudad, buscando tranquilidad y sosiego. Podemos imaginar , con un tráfico intenso, el ruido que producirían sus ruedas sobre los adoquines…

Eran tan cómodos y confortables, que nuestras criollas cuando iban “de tiendas” no se bajaban de ellos, teniendo los comerciantes que llevarles el género hasta el carruaje… ¿o era que las que eran cómodas eran ellas? ¡a saber!

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