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En 1902 se instaura la república en Cuba, y con ello surge la intención de los arquitectos cubanos, de renovar la imagen y estética de sus construcciones Y con ello marcar el surgimiento de la nueva nación y el rechazo a los cánones establecidos por el gobierno colonial. Era hora de evidenciar que ya no éramos españoles. Esto coincide con la llegada a Cuba de un importante número de emigrantes catalanes, que trajeron con ellos la influencia de la arquitectura europea de esos momentos. El art nouveau estaba de moda y comienzan a aparecer en la ciudad, con mayores o menores valores arquitectónicos, muchas construcciones de este estilo.

En 1905, con el pedido de licencia constructiva de Arturo Marqués, maestro de obra cubano, para el Palacio Cueto, se da inicio formalmente la década en que el art nouveau gozó de auge en la ciudad. Y aunque hacia 1914 comenzó a perder vigencia, algunos maestros y arquitectos culminaron proyectos del estilo con posterioridad a esa fecha, incluso algunos valiosos, que datan de 1919.

En el Palacio de Cueto, los cambios introducidos en el edificio ocultan sólo parcialmente la carga decorativa neobarroca de sus fachadas, en las que se destaca particularmente la puerta principal, custodiada por dos faunos y coronada por un tupido follaje. Las barandas primitivas de los balcones del primer y segundo nivel fueron reemplazadas por otras de menor cualificación Nouveau, y también se perdió la alta torre con un balcón mirador que se ubicaba sobre el remate superior de la esquina. Desgraciadamente, las pérdidas arquitectónicas parciales o totales no son casos aislados en la ciudad, a veces por el deterioro de la intemperie y el tiempo, a veces por la acción de labores constructivas o de remodelación.

Entre las joyas desaparecidas del art nouveau habanero se encuentra, sin dudas, un edificio de dos plantas y semisótano situado en Malecón entre Gervasio y Belascoaín, obra de Narciso Bou y Arturo Marqués. No se tiene memoria fija de la fecha de su destrucción, que presuntamente se acometió buscando construir un proyecto de mayor renta para el dueño en la década del 1950. El inmueble ocupaba la calle Gervasio hasta San Lázaro y fue propiedad de Pedro Pernas.

Otra construcción que podemos destacar, es la casa de Crusellas (1908), ubicada en la calle Reina, aunque en este caso con la mezcla de evidentes ribetes neobarrocos y neocoloniales en su fachada. Capiteles jónicos y arcos trilobulados, coexisten con la ondulación y el trabajo florido de las rejas superiores, muy propios del art nouveau. La casa Crusellas evidencia el deseo de su propietario, rico productor de perfumes y jabones establecido en Cuba desde 1863, de explicitar a nivel urbano el poderío económico alcanzado en su exitosa trayectoria y se propuso sino tener la casa más bella, al menos que fuera una de las más bonitas de la capital.

Con el edificio El Cetro de Oro , el arquitecto cubano Eugenio Dediot, logró quizás la pieza más acabada del estilo que saliera del talento de un insular. Las plantas superiores, desde la inauguración del edificio, se dedicaron a viviendas y poseen una elaborada y vistosa decoración pictórica en los techos. Pero son las fachadas los elementos que mayor realce le dan al bloque. Aunque con múltiples influencias, se cruzan en sus muros las vertientes catalanas, vienesa y franco-belga. Esta última aporta sinuosas líneas de tensión que recorren las columnas de las esquinas del edificio y otros elementos como el remate del frontón, que recuerda una ostra, acompañado por sendos mascarones a cada lado.

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