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En Cuba, durante este período, las damas de la sociedad se empeñaban por mantener el prestigio alcanzado durante el período colonial en lo que se refiere a la cultura del vestir. Para las criollas, el canon de elegancia seguía siendo Europa.

“Corría el año 1925 (…) Era una época en la cual todavía el cubano miraba hacia Francia como punto focal de la cultura; se aprendía preferentemente el francés; se importaban telas, comestibles, vinos, modistas y sombrereras, francesas. Lo yanqui aún era ignorado o despreciado como cosa inferior. En el terreno de la costura, no había mujer cubana, rica, mediana o pobre, que concibiera siquiera la idea de aceptar las confecciones norteamericanas, que estaban todavía lejos de haber conquistado el mercado cubano”

A gran distancia de la “capital de la moda”, las mujeres en Cuba reclamaban vestidos a la moda e información actualizada y ello se hizo posible no sólo por medio de la adquisición directa a través de los viajes de las familias a Europa sino, sobre todo, gracias a no más de media docena de casas de comercio pertenecientes a mujeres francesas quienes sostuvieron a lo largo de 20 años la tradición de la elegancia parisina entre la sociedad acaudalada cubana.

Las clases de menor poder económico recurrían a la “costurera” de siempre. Esto propició el florecimiento de la llamada “clase costureril” cubana, formada por una nueva mano de obra surgida tanto por mujeres de la alta sociedad cubana e hispana que, a causa de las guerras de independencia, se vieron arruinadas por la pérdida de sus bienes, como posteriormente a mujeres de diversos sectores pobres de la sociedad, entre las que se destacaron las mestizas.

“Había un cuerpo de costureras en La Habana, mulatas en su mayoría, que cosían exquisitamente, a mano, porque la costura a máquina no era aceptada todavía por la cubana. Bordaban las bordadoras como las hadas y se hacían encajes tan finos como los de más fama países de encajeras” …”hasta la mujer más modesta iba vestida con buen gusto y espléndida confección, y usaba telas de hilo”

Los materiales necesarios para estas labores -tanto de las modistas que poseían sus talleres como de las costureras de condición más humilde- eran en su mayoría importados y ofertados por los diversos comercios existentes. La actividad de estos comercios no había cesado desde su aparición en el siglo XVIII. El centro de este comercio fundamentalmente radicaba era la calle Obispo y la de O’Reilly.

“Las calles del Obispo y la de O’Reilly eran el centro del comercio y de la moda (…) Corseteras como madame Souilland; las hermanas Tapie estaban, por excepción, en la calle de Muralla (…); las tiendas exquisitas eran La Villa de París, el Correo de París y La Francia; había una famosa sastrería de hombres, de Stein, en la calle O’Reilly y madame Marie Copin en Compostela entre Obispo y Obrapía, completaban el centro comercial, distinguido, de la época” .

Pero al alejarse la nueva burguesía del centro de La Habana, erigiendo sus mansiones en el Vedado, muchos comercios habaneros se trasladaron para la calle San Rafael. Tiendas como La Filosofía y La Francia se situaron en la zona; El Encanto se ubicó en 1888 en Galiano entre San Rafael y San Miguel, luego de haber estado situado en la calle Luz. Establecimientos como el bazar Fin de Siglo, inaugurado en 1898 y complejos comerciales como La Manzana de Gómez fueron construidos en las zonas de “la nueva Habana”. Fue precisamente en La Manzana de Gómez donde se instaló -en el cruce de sus calles interiores- una tienda llamada El Escándalo y conocida como el “bazar de las 40 puertas”; a su dueño – el asturiano José Carneado- se le considera el precursor de las tiendas por departamentos. De la Manzana ya hicimos una publicación.

NOTA:
Los entrecomillados son textos del libro de Reneé Méndez Capote, “Amables figuras del pasado”, Ciudad de La Habana: Ed. Letras Cubanas 1981. Preferí no manipularlos, pues son muy
explícitos para este tema.

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