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“Carbón bón bón bón/ el carbonero… a tres kilo el saco/ lo vendo barato…dame el dinero”…

Cocinar con hornilla de carbón fue, durante mucho tiempo, la forma más generalizada de elaborar la comida en nuestros hogares, hasta que aparecieran las cocinas de “luz brillante” o los “reverberos” de alcohol que representaron una forma más cómoda, rápida y práctica de hacerlo. Almacenar dichos combustibles ocupaba mucho menos lugar en la cocina que el que requería el carbón y además su uso era simple y también ahorraba tiempo a las que se dedicaban a las tareas de la cocina. Pero el carbón siguió siendo una alternativa para la mayoría.

En muchos hogares las cocinas ya se construían con un mueble “diseñado” para el uso del carbón, que consistía en una meseta de obra con una o varias cavidades donde se colocaban la hornillas de hierro. Estas hornillas eran caladas al fondo para que las cenizas fueran cayendo y acumulándose en la parte baja del mueble y así poderlas recoger más fácilmente. Las cenizas también eran utilizadas para la limpieza y el pulido de cazuelas y ollas que quedaban manchadas de negro por su uso y de este modo podían mantenerlas brillantes y ser parte del orgullo de las amas de casa. Pero era muy común un sistema más primitivo que consistía de una lata abierta en su parte superior donde se colocaba la hornilla y perforada en uno de los laterales para facilitar la ventilación de la combustión del carbón y recoger el acumulado de las cenizas. Esas latas, de aproximadamente 50 cm. de altura y en su parte superior de medidas similares a la hornilla, eran recipientes que se obtenían en las bodegas y que los comerciantes recibían como envase de diferentes productos, entre ellos el aceite o manteca.

El proceso de encender una cocina de carbón es algo complicado y lento. Mantener encendido el fuego y controlar su intensidad, según la receta en cuestión, requiere de una atención mayor y de una supervisión casi constante, problemas que ya los nuevos “artefactos” para cocinar facilitaban en su uso. Aunque todos conocemos que la cocción de carbón aporta un sabor que no puede ser sustituido por otras innovaciones tecnológicas. Un buen asado al carbón, un alimento elaborado a la brasa resultan de un gran placer al paladar. Muchas familias disfrutaron del sabor de la comida con este combustible vegetal. Los cubanos han vivido del consumo de carbón desde épocas pasadas e incluso todavía es frecuente en el presente.

No podemos dejar de mencionar, que también durante mucho tiempo se utilizó para el planchado de ropa. Las planchas de metal se calentaban sobre una hornilla de carbón, labor que resultaba compleja ya que requería de la misma preparación y cuidado que la ya mencionada para la cocina. Sin mencionar los riesgos que implicaba su uso.

En el proceso de elaboración del carbón no nos vamos a detener, fue un oficio que dio de comer a muchas familias en momentos difíciles, porque solo requería de un área libre y la leña necesaria que se podían obtener en cualquier monte cercano. La construcción de estos hornos de confección del carbón, semejaban la fumarola de un pequeño volcán. En la periferia de Ciudad de La Habana se fabricaba carbón en patios. La madera era abundante. Aunque el verdadero mundo de los carboneros proviene de la Ciénaga de Zapata, en Matanzas. Otro importante fué en Surgidero de Batabanó al sur de La Habana. Ambas dentro de una franja costera de humedales próximos unos del otro desde donde se enviaba el carbón a las ciudades.

Era un combustible económico y de “alto rendimiento”, con un cubo de carbón se cocinaba tres días. En algunas épocas, el saco se pagó a 80 centavos. Antes de 1953 el carretón de 298 sacos osciló entre 22 a 28 pesos. Después de esa fecha a 90 pesos.
En la ciudad, el carbón se distribuía en carretones tirados por mulas. Los carboneros vendedores calzando alpargatas, una cachucha de papel como sombrero, un delantal de saco y el pregón costumbrista se convirtió con el tiempo en unos de los personajes típicos de la calle.

Y a estos típicos vendedores dedicamos esta publicación.

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