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Hoy nos deja, pero su recuerdo y legado estará siempre con nosotros.

Nadie puede quitarle el lugar preponderante que ocupa en la década de los 50 y hasta bien entrados los años 60 a la actriz titiritera, locutora, animadora, profesora, dramaturga, investigadora y directora Carucha Camejo. Ella marca, indeleblemente, el comienzo de una forma de mirar hacia el títere, mezcla de entrega y sabiduría.

La huella de Carucha ha sido acicate y ejemplo desde los lejanos días de 1949, en que junto a su hermano Pepe —otro gran maestro— funda el “Guiñol de los Hermanos Camejo”, que luego pasa a ser, en 1956, “Guiñol Nacional de Cuba.

Con ella y Pepe, el teatro de títeres en Cuba conoció su cima dorada. Los estrenos sucedían continuamente tanto en títulos dirigidos a los niños, como a los espectáculos para el público adulto. Títulos como “El mago de Oz” o “La cucarachita Martina y el ratoncito Pérez”, o “El sueño de Pelusín”, de la serie protagonizada por el “Peluso o el Tin-Tin Pirulero”, eran aplaudidos, temporada tras temporada, brindando prueba irrefutable de que “el teatro de títeres es teatro para todos”.
Para los dirigidos a adultos, habría que señalar títulos de la dramaturgia mundial no concebidos, por sus autores, para el teatro de muñecos. “Asamblea de mujeres”, de Aristófanes; “La loca de Chaillot”, de J. Giradoux; “Don Juan Tenorio”, de J. Zorrilla; o “La corte de faraón”, de V. Lleo, entre otros. Sus creativas puestas en retablo de títeres han sellado para la historia del teatro en Cuba el pensamiento expresados a través de la figura animada.
Más de seis estrenos anuales iban conformando una práctica inusitada a nivel mundial para este tipo de teatro. La propia mezcla de técnicas como recurso o lenguaje expresivo; la presencia del actor compartiendo un mismo rol con el muñeco; el uso del retablo o su ausencia de tal manera que el actor animador, a la vista del público, se viese comprometido a integrarse en una escénica unidad dialéctica definen, entre otras audaces formulaciones, componentes transgresores que, en su momento, asombrarían a especialistas y deslumbrarían al espectador común. Con los Camejo la “fe y sentido de la verdad titiritera” irradiaba esa zona, un tanto marginal, de la cultura teatral nacional.
De pequeña, Carucha y sus hermanos vieron un día en parque Emilia de Córdoba, en La Víbora, una función de titiriteros ambulantes; desde ese momento despertaron los sueños, labrando en aquellos corazones retablos y candilejas. Cuando escribió su cuento “El pequeño mambí”, inspirado en su abuelo José Camejo Payents, coronel del Ejército Libertador, inauguraba un puente de comunicación con el arte de la escritura.

En 1947, el destacado director artístico Francisco Morín la inscribe en la “Academia de Arte Dramático” junto a su hermano Pepe. Aquella escuela era en opinión de la reconocida intelectual Mirta Aguirre, el lugar “donde se hacía el teatro más inquieto y más interesante, poseído de un desinterés absoluto y una intachable limpieza artística”

El 28 de marzo de 1956, lanzan un manifiesto de trabajo que llamó a consolidar el movimiento titiritero nacional, incidiendo en el rescate de las tradiciones culturales del país, la propagación de este arte para todos no solo como exclusividad del público infantil. Hicieron hincapié en las posibilidades pedagógicas de este teatro y propusieron funciones y charlas didácticas para maestros. Amor por lo nacional, interés en desarrollar y fortalecer un arte antiquísimo, demuestran la seriedad con que los Camejo se planteaban la profesión, uniendo al trabajo práctico ideas progresistas y sentido de futuro. Fundaron la “Revista Titeretada”, primera en Cuba en promocionar el mundo de las figuras a través de artículos, piezas dramáticas breves, historia y teoría del teatro de muñecos.

En su incansable aporte a nuestra cultura, convocaron a concursos de dramaturgia para el retablo, lo que les proporcionó un amplio y variado repertorio. Fruto de ello son los textos “Pelusín y los pájaros” y “Pelusín frutero” —escritos especialmente para ellos por Dora Alonso—origen de la creación de “Pelusín del Monte y Pérez del Corcho”, la representación más genuina de la niñez cubana, sonriente, pícara, noble y con un dicharacho popular. “Pelusín”, de guayabera de hilo, sombrero de guano y pañuelo al cuello es parte del imaginario de cualquier cubano que tuvo el placer de disfrutarlo.
Carucha Camejo no solo contribuyó a la renovación de nuestro teatro de títeres, sino que nos deja una fuente inagotable de gran riqueza artística, pedagógica y teórica para todas las generaciones venideras.
Su recuerdo y legado estará siempre con nosotros.

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