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Comentamos, en la publicación del “Paseo de Valdés”, que el desarrollo de la llamada antiguamente Habana Intramuros llevó a la realización de extensos proyectos constructivos, entre los cuales se encuentra la “Alameda de Paula”, el paseo más antiguo de la capital de la isla.

Dispuso la construcción de dicha obra, el Gobernador y Capitán General de la isla de Cuba (1771 a 1777): Don Felipe Fonsdeviela y Ondeano, Marqués de la Torre, que procedía de la ilustrada corte de Carlos III. Merita decir que fue un hombre de talento e ilustración poco comunes; promovedor afortunado de la prosperidad material del país y muy especialmente del ornato y mejora de la ciudad de La Habana.

Fue construida en 1777 por el arquitecto coronel de ingenieros Antonio Fernández de Trebejos, quien había participado, como militar, en la defensa de La Habana durante la invasión inglesa. Posteriormente se dedicó a las principales obras habaneras, entre ellas las casas de Gobierno y de Correos, la plaza de Armas, el cuartel de Milicias, el teatro del Coliseo o Principal y las alamedas de Paula y de Extramuros, en las que sin dudas dejó un sello característico en la arquitectura colonial cubana.

Inicialmente esta alameda fue un terraplén con dos hileras de álamos y algunos bancos pero se convirtió en un verdadero espacio social y cultural y calificado como un agradable entretenimiento para los vecinos de la Villa de San Cristóbal, carentes de sitios de recreo. Este primer paseo de intramuros fue creado en el sitio que ocupara el antiguo basurero del Rincón, junto a la bahía habanera.

El nombre de “Paula” procede de su proximidad con el antiguo hospital de San Francisco de Paula, cuyas obras comenzaron en 1664 junto a una iglesia aledaña, que con el paso del tiempo fue también bautizada con la misma denominación. Sobre este conjunto haré la próxima publicación.

Entre 1803 y 1805 a la Alameda de Paula se le introdujeron algunas modificaciones. Se le embaldosó el pavimento, se le proveyó de una fuente y asientos o banquetas de piedras.
En 1841 se ejecutó la ampliación de las estrechas escaleras que daban acceso al paseo y se colocaron varias farolas, de esta forma los visitantes también podían disfrutar de sus veladas en las noches habaneras. En 1845 se le mejoraron sus terraplenes, asientos, su escalera y se erigió una linda glorieta que caía sobre el mar, y en general se incrementó significativamente la belleza y atractivo de esta hermosa construcción.

Hacia 1847 se le incorporó una fuente de mármol cargada de ornamentos, fecha en que ya aparecen en las inmediaciones del paseo ostentosos palacetes que se pueden considerar tesoros de la arquitectura cubana.

A comienzos del siglo XX, la avenida es mutilada por la instalación de muelles y almacenes de La Habana Central por la “Havana Central Railroad”, antigua compañía de ferrocarriles que controlaba el puerto.

No obstante, aún con la pérdida de alguno de los elementos que la embellecían, este paseo conservó el encanto que la significó desde sus inicios y no hay habanero que no la haya caminado disfrutando también de las brisas del mar…

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