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La Habana es una ciudad poblada desde siempre por personajes únicos que la llenan de magia. Muchos han hecho historia que ha sido recogida por biógrafos y estudiosos de sus vidas y éxitos. Pero hay otros personajes que no han tenido tal suerte, pero por ello no dejan de
estar en el imaginario de muchos… Me refiero al “Caballero de Paris” o “La Marquesa de la Habana”, por solo citar a los dos de mayor abolengo…

Del “Caballero de París” con mucha facilidad encontramos información, ya que existen innumerables artículos y textos sobre su persona.. Sabemos que aparece paseándose por las calles de la Avenida del Puerto desde la década del 30. Pocos años después, ya formaba parte inseparable de la Historia de la ciudad.

De nombre José María López Lledín nacido en Lugo, España en Diciembre de 1899 aunque será recordado por todos como “El Caballero de Paris”. Sin dudas el más famoso de nuestro ilustres Mendigos.

Aquel elegante caballero vestido de Frac o esmoquin negro, con capa parisina, sombrero de Copa o Chistera y elegante bastón, adornaba con su presencia e infinita cultura las calles de nuestra capital. El nombre evidentemente le viene por su vestuario, que conservó hasta el día de su muerte física para seguir vivo eternamente en el recuerdo y en las calles de nuestra Habana. Las razones de su “locura” nos tienen sin cuidado.

Entrevistado por toda la Prensa Nacional e Internacional, incluso fue una de los primeros en salir en entrevista exclusiva en la TV Naciente de los 50, además de inspirar a los más famosos compositores, como el danzón “El Caballero de Paris”, compuesto por Antonio Maria Romeu e interpretado por Barbarito Diez.

Incluso posterior a su fallecimiento sigue siendo fuente de inspiración: “Yo soy el Caballero de Paris”, del Dr. Luis Calzadilla Fierro, publicado en año 2000; “Avenida Caballero de Paris”, calle nombrada en la ciudad Miami (marzo del 2004); “De París, un Caballero”, monólogo teatral de José Antonio Alonso.

Su estatua, a tamaño natural, en la Plaza de la Lonja del Comercio en La Habana Vieja, es tocada por los turistas como símbolo de suerte. Muere en el Hospital Psiquiátrico de Mazorra, en La Habana en Julio de 1995.

Y ahora toca el turno a su Majestad: “La Marquesa”. Menos secundada por la querencia pública, acaso porque dedicó su inofensiva demencia a la mendicidad, esta negra menuda, de ojos desamparados y modales cortesanos, se mantuvo vigente en La Habana hasta mucho después de 1959, sin que crisis ni novedades alterasen su forma de vida.

Era Isabel Veitía, una mulata de corta estatura y jacarandosa, que usaba siempre un pequeño sombrero con velo de tul. Desandaba La Habana abanicándose con gracia como queriendo acentuar su soñado origen aristocrático. Llevaba sobre los hombros, como al descuido, una mantilla ya raída y se acompañaba siempre de una cartera de charol que conoció mejores tiempos y unos increíbles zapatos.

Apostada desde el mediodía en la entrada del Rex Cinema, con su vestido estampado y el ya escaso cabello teñido de azul de metileno sosteniendo el delicado sombrero. Al caer la tarde, adelantaba a pie hacia el Vedado y a prima noche uno podía encontrársela en el portal del Cine “Radiocentro” (hoy “Yara”) con su cartera algo menos vacía y su imperturbable sonrisa.

Entrada ya la noche, proseguía repartiendo saludos por las mesas del “Carmelo de Calzada” y “El Jardín” y por último visitaba la Casa “Potin”, donde cerraba su periplo. Se retiraba entonces hacia su hogar, donde esperaban por ella su esposo, un obrero ferroviario que había perdido ambas piernas en un accidente y su hija, también impedida. Para contribuir a mantenerlos, solicitaba nuestra caridad de siempre la sonriente “Marquesa”. Por eso quizás siempre se resistió, tal vez, al beneficio del asilo. Siempre se negó a ser recogida para que así disfrutase de mayores comodidades. Se resistía con pataleos y chillidos hasta que disuadía a sus “benefactores”. Entonces se estiraba su vestido, se acomodaba el sombrero y asumía de nuevo la actitud de su nobilísimo personaje.

Para fotografiar a La Marquesa había que pagar por ello y ella se encargaba de que el interesado conociera de su “alcurnia y abolengo” y abonara el importe que correspondía a su nobleza. Afirmaba que solo podía aceptar billetes porque su condición no le permitía recibir monedas. Bastaba esta frase pronunciada con gracia para que los curiosos abrieran la bolsa con gusto.

Había sido una insustituible repostera para la señora María Luisa Gómez Mena, “Marquesa de Revilla de Camargo”, cuyos gráciles sombreritos perduraron por muchos años en la cabecita de la “La Marquesa de La Habana”.

Murió alrededor de 1978. La verdad es que su “abolengo y alcurnia” popular, pintoresco y auténtico harán que siempre la recordemos como “La Marquesa” Isabel Veitía.

Quedan muchos por mencionar, pero esta publicación va dedicada, como ya comentamos a los de “clase alta”, al más Caballero de La Habana y a la más noble Condesa.

Quedan para otra publicación los “plebeyos”… ¿alguien recuerda a “La China”?

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