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Entre 1901 y 1902 se construye el primer trayecto desde el Paseo del Prado a la calle Crespo, bajo las órdenes de los ingenieros de la intervención Mr.Mead y el ayudante Mr.Whitney.

Para celebrar la inauguración de estos primeros 500 metros del Malecón, el gobierno de Estados Unidos construyó una bonita glorieta. La glorieta de aspecto neoclásico, inaugurada en 1902, en la intersección de ambas vías, devino verdadero regalo al público para el disfrute de la banda de música y sus retretas.

Según los arquitectos de la época, esa glorieta tuvo importancia desde el punto de vista constructivo, debido a que fue la primera obra realizada de hormigón armado en Cuba. En 1926 tuvo que demolerse por obstaculizar el tránsito al continuarse el Malecón hacia el puerto.

Como ya comenté, en esa esquina se construyó, también a principios de siglo, el exclusivo “Hotel Miramar” y como no lo aclaré en la publicación anterior, agrego que fue proyectado por el arquitecto “Pepe” Toraya. En este hotel, fue donde por primera vez en Cuba que los camareros vistieron de smoking, chaleco con abotonadura dorada y sin bigotes.

Jorge Mañach, en su estampa “El Prado y lo fundamental” nos recrea la atmósfera de este significativo lugar:

…”El domingo, a la suave hora del paseo vesperal, topéme, sin pensarlo, con mi viejo amigo, que venía caminando muy despacito — ¿Prado arriba? ¿Prado abajo? — hacia la retreta del Malecón. Según me dijo, acababa de abandonar una peña congestionada en el soportal de cierta sociedad adonde le invitara un su amigo “del tiempo de España”.
….
… “Aquí no se le perdona a nadie que se destaque. El uniformismo y el conformismo son las exigencias cardinales de nuestro espíritu. Pero oigamos la música y miremos al crepúsculo, que son cosas fundamentales.

Nos sentamos en sendas sillas de hierro, al borde de la glorieta. Junto a nosotros pasaban las “máquinas” cargadas de belleza y de perfumes. La voluptuosidad algo dolorosa de un danzón se fundía con el murmullo del gentío, con el zumbido de los motores y el estridor lejano del globero… Allá lejos se acababa de abrasar el cielo. Entre vendas de azul levísimo y algodones de nubes, la gran llaga luminosa del crepúsculo dejaba resbalar lentamente la gota de sangre del sol hacia el enjuague del mar.
Y Luján repetía: “Esto, hijo, esto es lo fundamental.”

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